En el Caribe, el ron se consolidó como el destilado de las plantaciones de caña desde el siglo XVII. Aunque suele disfrutarse frío, en invierno es base de bebidas icónicas como el hot buttered rum, que mezcla ron, mantequilla, azúcar y especias con agua caliente, o el grog, combinación de ron, agua y limón popularizada por la Marina Real Británica. El trago perfecto para las tabernas donde los marineros buscaban calor tras largas jornadas a temperaturas extremas en alta mar.
En nuestro México, el invierno tiene el sabor de una bebida inconfundible que recuerda nuestro pasado virreinal. Dulce, cremoso y especiado, el rompope se elabora con yemas de huevo, leche, azúcar, canela y alcohol, generalmente ron o aguardiente. Su origen, como el de tantas maravillas de nuestra gastronomía, está en el recetario de las monjas. Las religiosas del convento de Santa Clara en Puebla, famosas por su talento culinario, crearon esta bebida para celebraciones especiales. La tradición atribuye la receta a una mujer mestiza, sor Eduviges. Hoy, el rompope es infaltable en las mesas decembrinas, símbolo de hospitalidad y de la riqueza mestiza de la cocina mexicana.
Cada bebida cuenta una historia: el ron nos lleva a marineros y exploradores, mientras que el rompope nos evoca al ingenio de los conventos coloniales. Ambas convergen en un mismo punto: transformar el frío en calor en compañía de otras personas.
