No es magia: son microclimas, corrientes templadas y ciudades que aprovechan los primeros claros del cielo. La “primavera adelantada” no es un mito y se materializa en días tibios, flores tempranas y calles soleadas que escapan temprano del frío invernal. Elegimos este destino para planear la primera vacación del año y disfrutar anticipadamente la primavera.
Enclavada en un valle rodeado de colinas, Kioto es una gema japonesa, icónica en todos lados: no en vano la banda francesa Air le dedicó aquel hermoso tema, “Alone in Kyoto”. Esta milenaria ciudad nipona recibe al sol de finales de febrero con una ganancia de luz que aumenta la temperatura en plazas, ríos y jardines. Antes de los célebres cerezos, florecen los ciruelos ume, íconos botánicos del Japón cuyo rosa pálido anuncia la temporada. Los vientos son más amables, las máximas rondan los 12–15 °C y el aire deja de cortar para comenzar a acariciar.
Para aprovechar este espléndido clima, la recomendación principal es caminar por los distintos puntos de referencia de Kioto. El 25 de febrero de cada año, el santuario Kitano Tenmangū organiza su afamado Festival de las flores de ciruelo, abriendo al público sus patios donde se levantan árboles centenarios. Los asistentes pueden asistir a una tradicional ceremonia del té, donde una geisha atenderá a los asistentes en un despliegue de las refinadas artes de esa profesión.
Por supuesto, hay más opciones para disfrutar de esta primavera precoz. Construido hace más de medio milenio, el Castillo Nijō es un ejemplo paradigmático de la arquitectura de la era Edo. Entre fosos y murallas, los senderos muestran brotes nuevos que florecen con entusiasmo. El ilustre Paseo del Filósofo, notable por sus cautivadores árboles de cerezo, pero todavía sin multitudes, comparte el rumor del canal con cafés diminutos y tiendas de papel hecho a mano. Arashiyama, con su bosque de bambú, es un remanso de bruma leve, claridad matinal y barcas que navegan suavemente sobre el río Hozu. El mercado de Nishiki, uno de los centros neurálgicos de la comida popular del Japón, vuelve a oler a miso, encurtidos y taiyaki recién hechos. Un baño en un sentō de barrio permite sentir el cambio de estación en la piel. Si hay tiempo, Uji queda a un corto trayecto: verdadero té matcha, templos frente al río y prados que despiertan del letargo del invierno.
