Marrakech, Marruecos

La llamada ciudad roja reordena su pulso al compás del clima.

Entre el Atlántico y el Atlas, Marrakech vive inviernos cortos y días claros a partir de febrero. El aire seco, la radiación solar constante y la protección de las montañas generan tardes templadas, con temperaturas que llegan hasta los 22 ºC cuando en Europa aún se enfundan en abrigos. El resultado son terrazas abiertas, patios que vuelven a perfumarse y almendros tempranos en los valles cercanos.

Los zocos despiertan colores que duermen durante el gris invierno: cuero, latón, tintes vegetales. En los Jardines Majorelle, de más de un siglo de antigüedad, y el Museo Yves Saint Laurent, construido apenas en 2017, el contraste entre cobaltos y verdes amerita contemplarse con una mirada renovada. La plaza Jemaa el-Fna recupera narradores, poetas, músicos y bailarines al caer la luz, mientras los célebres cafés de azotea marraquechíes reciben el primer calor con vasos de té a la menta.

La primavera adelantada también despierta alrededor de la ciudad. En el valle de Ourika, los torrentes bajan fríos, pero las terrazas ya exhiben los primeros indicios de hierba fresca; los almendros florecen frente a cumbres que todavía muestran sus picos nevados. En el desierto de Agafay, las dunas cobran brillo con el sol vespertino. Ahí, con una cena bajo los toldos, en silencio y un cielo limpio de fondo, es suficiente para enamorarse de la temprana primavera marroquí.

Marrakech

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