La influencia atlántica suaviza el invierno sevillano. A partir de marzo, las máximas rozan los 20 °C y el azahar perfuma calles, patios y avenidas. No hay prisa: la ciudad recupera su sombra fresca y su sol amable; las plazas vuelven a llenarse sin sobrecarga de turistas.
El Parque de María Luisa, el primer parque urbano de Sevilla, muestra sus primeras bugambilias y rosaledas en trabajo. El susurro del río Guadalquivir es una franca invitación a pedalear por sus orillas. En el Real Alcázar, los jardines dejan oír fuentes entre naranjos que florecen. En el barrio de Santa Cruz, los callejones se llenan del aroma de cera y pan tostado. El azahar es la señal: el renacer aquí también se presenta en forma de flor y perfume.
El barrio de Triana ofrece cerámica y bares sin ceremonia, además de uno de los mercados más sabrosos de Andalucía. Las terrazas del Arenal levantan toldos para residentes y visitantes; la imponentes Setas de Sevilla, maravilla arquitectónica contemporánea, regala una panorámica limpia al final de la tarde, con experiencias inmersivas que cambian a diario. Si el calendario acompaña, la antesala de la primavera permite coincidir con los ensayos de bandas y patios que abren, anuncio de ferias por venir.
La primavera que se adelanta no es solo botánica. Son ciudades que afinan su tono y que en Sevilla se percibe en su aroma. Viajar en este umbral nos regala una nueva medida del tiempo.
