En Dolores Hidalgo, en el estado de Guanajuato, ahí donde la vitivinicultura se entrelaza con la historia de nuestro país, Cuna de Tierra ondea una bandera clara: la identidad nace del terruño. De esa convicción surge Gran Tierra de Ángeles, un nombre que reconoce, primero, la tierra, y después, la guía que inspira un proyecto que volvió a plantar vides en exactamente el mismo suelo donde el cura Hidalgo enseñó el oficio hace más de dos siglos.
Este ensamble es de estirpe bordelesa: Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot provenientes de microparcelas en el valle de Dolores. Las primeras plantaciones de la bodega, iniciadas en la década de los noventa, orientaron la selección varietal que hoy define la mezcla. Cada parcela se trabaja según su vigor y drenaje, buscando uvas de maduración lenta y sanitaria impecable.
El terroir firma cada botella. A 1,960 metros sobre el nivel del mar, en el paralelo 20° norte, el mesoclima semidesértico acumula alrededor de 2,000 horas de sol eficaz cada temporada. Durante la maduración, los días alcanzan una temperatura máxima de 26°C, mientras que por las noches las temperaturas descienden bajo los diez grados. Los suelos, mayormente arenosos y bien drenados, dejan a las raíces profundizar; bajo tierra yace un venturoso sustrato de carbonato de calcio que aporta tensión, notas minerales y ese matiz mineral, como de tierra mojada, que distingue a Gran Tierra de Ángeles y que asoma en nariz.
